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Por Borja Hermoso. UVE. EL MUNDO
Jueves, 9 de agosto de 2007. Año: XVIII. Numero: 6444.


Unas notas garabateadas hace un milenio en un códice del monasterio riojano de Suso siguen siendo interpretadas como el primer texto escrito en español. Pero aquello no era español, sino romance, y tampoco se conoce al autor, ni cuáles fueron sus intenciones.

En las alturas sombrías del monasterio medieval de Suso, hará como 1.000 años, la mano del monje desconocido -del que no sabemos si era teólogo, catequista, un sabio divulgador de su tiempo o un simple estudiante de latín- escribió algo así como:

«Cono aiutorio de nuestro dueno,dueno Christo, dueno salvatore.qual dueno get ena honoree qual duenno tienent ela mandationecono patre cono spiritu sanctoeno sieculos de lo sieculos»

Y luego añadió:

«Facanos Deus Omnipotes tal serbitio fere ke denante ela sua face guadioso segamus. Amen».
A saber:

«Con la ayuda de nuestro señor,
señor Cristo, señor salvador.
Cual señor está en el honor
y cual señor tiene el mandato
con el Padre, con el Espíritu Santo,
en los siglos de los siglos».

Y luego:

«Concédanos Dios omnipotente realizar tal servicio (o trabajo) que seamos felices en su presencia. Amén».

No se ponen de acuerdo los estudiosos de la Lengua y de la Historia a la hora de establecer la fecha en que fueron escritas las Glosas Emilianenses, aquellas notas a pie de página escritas en el folio 72 recto del llamado Códice 60 y que, a día de hoy y mientras el hiperactivo mundo de la investigación filológica no diga lo contrario, siguen siendo aceptadas como el primer texto escrito en español.

¿En español? Seamos exactos. En romance, más bien. O sea, en el latín vulgar que por aquellos tiempos seguían farfullando las muy agrestes gentes de los valles riojanos que caen bajo la sierra de la Demanda. Que ya lo dejó escrito, unos 200 años después, el hijo pródigo local, Gonzalo de Berceo, el clérigo-poeta oficialmente aceptado como el primer constructor de versos en español:

«Quiero fer una prosa en roman paladino, en qual suele el pueblo fablar a su vecino ca non só tan letrado por fer otro latino. Bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino».

Unos, como Ramón Menéndez Pidal, el insigne autor de El origen del español, sitúan la composición de las célebres glosas a mediados del siglo X. Otros, como el padre agustino Juan B. Olarte, bibliotecario del Monasterio de San Millán de la Cogolla y uno de los grandes estudiosos de la cuestión, llevaron el asunto hasta las últimas décadas de ese mismo siglo. Pero con posterioridad, el propio Olarte habló de «la segunda mitad del siglo XI». Finalmente, los hermanos García Turza, otros de los grandes especialistas en el tema, hablaron también de finales del siglo X, al equiparar el Códice 60 con otro, el llamado Códice 46, que está fechado en el año 964.

Décadas arriba décadas abajo, siglo arriba siglo abajo, lo esencial sigue siendo no la fecha, sino la importancia atribuida por toda la comunidad lingüística, académica y hasta política a las glosas como chispazo del español escrito. No en vano se ha hablado y se sigue hablando de San Millán de la Cogolla como Cuna del español, Cuna del castellano, Cuna de la lengua y otras adjetivaciones superlativas. Y no menos superlativos resultaron, allá por 1977, los fastos conmemorativos del Milenario de la Lengua. O las recurrentes presencias en los monasterios de Suso y Yuso de los Reyes, de los presidentes del Gobierno, de los ministros de Cultura y de los directores de la Real Academia y el Instituto Cervantes con motivo de sendas celebraciones en torno al español.

Pero por narices hay que hacerse la pregunta del millón: ¿en serio cabe hablar de un lugar concreto y de un momento concreto como origen de algo tan etéreo, cambiante y evolutivo como es un idioma? Se diría que no, si se lee un poco a Dámaso Alonso: «el latín llega a ser el español a lo largo de una evolución lentísima y constante, y nunca podemos cortar por un punto y decir que ahí está el español recién nacido».

Y se diría otra vez que no, que una lengua no nace de repente, en un plisplás y sobre un escritorio, si se charla un poco con el encantador e incansable padre Rafa, o, dicho de otro modo y con un poco más de oficialidad, con el padre Rafael Nieto, uno de los 10 agustinos recoletos que viven en Yuso y verdadero jefe de comunicación del lugar. Está claro: al viceprior del monasterio no le divierten estas generalizaciones y estas rimbombancias en torno al idioma: «Eso de cuna de la lengua es un eslogan publicitario muy bueno, pero la verdad es que la lengua no nace ni en un sitio ni en otro, ni tampoco en un momento concreto... la lengua es algo mucho más vivo, producto de la evolución de mucho tiempo y en un territorio muy amplio. Y en concreto, el romance es una evolución del latín, de ese latín vulgar y mal hablado que trajeron hasta estos valles las legiones romanas».

Lo que sí admite el padre Rafael es la condición de las Glosas Emilianenses como claras pioneras del idioma escrito: «Eso sí, porque estamos ante el primer texto preliterario en lengua romance; ya no son palabras sueltas, como las había anteriormente, sino un texto independiente de lo que está comentando. El origen del castellano no sabemos a cuándo se remonta, pero ésta es la primera prueba escrita de su existencia», explica mientras paseamos en soledad por los claustros de Yuso.

Un poco antes, la visita fugaz (por motivos de conservación) al antiquísimo enclave de Suso ha bastado al viajero para sopesar la importancia histórica de este milenario foco religioso y cultural. Las cuevas donde oró el ermitaño San Millán -de ahí el nombre Glosas Emilianenses- hasta su muerte en el año 574 (con 101 años, eso sí que era esperanza de vida); el cenobio visigótico del siglo VII, la iglesia mozárabe del siglo X, el incendio de Almanzor en 1002, la ampliación románica de los siglos XI y XII y el traslado de los restos del Santo desde Suso (arriba) hasta Yuso (abajo), el saqueo de las tropas napoleónicas, la desamortización de Mendizábal, el paso de Suso a manos del Ministerio de Cultura... una historia realmente repleta de tribulaciones, ésta de los monasterios de San Millán de la Cogolla...

Un lugar en el que un monje sin nombre hizo historia al escribir al margen de un libro de sermones de San Agustín (o de Cesáreo de Arlés, depende según las fuentes) sus notas aclaratorias, una especie de comentario de texto de esos que hoy les ponen a los adolescentes en los colegios, pero hace un milenio. Un monje sabedor de que las gentes de los campos y de los pueblos no hablaban el latín culto de Virgilio, sino una mezcla idiomática local, algo nuevo que dejaba de ser latín pero aún no era español.

Un tipo que no sólo armó la gorda, sin saberlo, al escribir sobre un pergamino el primer boceto del español, sino que, ya de paso, también plasmó las primeras palabras escritas en vascuence: «Izioqui dugu (hemos sido iluminados), Guec ajutu ez dugu (no tenemos suficiente ayuda).

Es que encima era bilingüe, el tío.

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PISTAS... VER: Monasterios de Suso y Yuso. Los monasterios son independientes. Es necesario sacar la entrada para cada uno de ellos. La entradas entradas se compran en el edificio de recepción de Yuso. Tfno. 941 373049. A Suso se sube en un microbús, por turnos, así que conviene reservar el billete con antelación. Tfno: 941 373082. DORMIR: Hostería del Monasterio de San Millán, en el mismo recinto de Yuso. 941 373277. DORMIR Y COMER: Hotel-Restaurante Echaurren, en Ezcaray, a 12 kilómetros. Tfno: 941 354047.
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